Miramos al cielo como método meditativo, volteamos hacia arriba para olvidar nuestra realidad, con la ilusión de llegar siempre más alto, de estar en la cima del mundo y en el onírico colectivo vive la idea de volar, de escapar de este planeta y mirarnos desde arriba para conocernos mejor. Se vende al mejor postor el último piso de un edificio, se compite por ser el más alto de la ciudad, ansiamos mirar hacia la ventana y encontrarnos con el vacío, rematado por un horizonte infinito que nos hace olvidar nuestra pertenencia a la tierra, al nivel del suelo, que nos lleva a evitar esa calle congestionada, negándonos a tocar el barro con nuestros pies.

 

La tierra nos recuerda ocasionalmente con violentos movimientos y con rugidos que nacen desde su interior que se convierten en vehementes llamadas de pertenencia, enunciando siempre que no tenemos otro lugar a donde ir, pues somos dos seres sinérgicos.

 

En esas coyunturas en las que la tierra se resquebraja, es cuando nos deja mirar su corazón. Los rizomas que se rompen consecuencia de la oscilación, vuelven a comenzar sin responder a ningún modelo estructural, recomponiendo esas imperfecciones fugaces e incompletas para convertirse en su propia reinvención .

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